domingo, 27 de marzo de 2011

Don Ricardo y la Mobylette.



Don Ricardo y la Mobylette.


 Ricardo Domínguez quiso ser médico desde muy niño. Su duda principal al alcanzar la edad universitaria fue la elección de carrera entre veterinaria y medicina. Siempre le había atraído el cuidado de los animales. El hecho de vivir en un pueblo pequeño del Guadarrama le había proporcionado un contacto directo con ellos y había aprendido mucho cuidando el ganado de sus padres que, aunque de economía muy reducida, supieron siempre mantener el cuidado y conservación de su pequeño rebaño de ovejas y de los pocos animales que les ayudaban a sobrevivir, una vaca, gallinas, patos y un cerdo blanco belga de raza Landrace, enorme, cuya matanza les surtía normalmente de proteínas durante todo un año. El padre era un modesto empleado en el servicio de limpieza del ayuntamiento y era principalmente su madre quien se encargaba de cuidar a los animales. El hecho de ser un niño muy estudioso, quizás el más inteligente de sus tres hermanos, indujo a los padres la idea de comentar con el maestro de la escuela del pueblo la conveniencia de que Ricardo estudiase una carrera universitaria.

Las buenas notas sacadas obtenidas y la recomendación escrita del maestro, lograron que Ricardo obtuviese una beca del gobierno para acabar el bachillerato y estudiar la carrera elegida por él, que finalmente fue la de medicina.

Ricardo logró unas calificaciones excelentes en su carrera y hubiera podido ingresar en un hospital del estado o en alguna clínica importante de la ciudad, pero él se consideraba un hombre de pueblo, adoraba su tierra del Guadarrama, y decidió volver a sus raíces, para trabajar como médico en su pueblo, aprovechando que esa plaza había quedado vacante. Allí cuidaría de sus padres y hermanos. Decidió que su misión consistiría en cuidar de sus vecinos como médico de pueblo, siguiendo el principio hipocrático de “curar y aliviar cuando es posible, consolar siempre”

Con ese espíritu regresó al pueblo, con el título de doctor recién obtenido y se reunió con familiares y amigos para hacerles partícipes de su decisión, que fue recibida con gran alegría por todos ellos.

Pero claro, había que pensar en cómo ganarse la vida y hacer frente a los gastos de un primer establecimiento. Es verdad que el anterior médico, Don José Salvanés, al dejar vacante su puesto, le cedió sus igualas que podrían permitirle comenzar a trabajar, pero que eran ciertamente mínimas.

Ricardo inició su actividad en todo caso desde la casa de sus padres, siendo muy bien recibido en general. Poco a poco fue formalizando su situación. Todo el mundo comenzó a llamarle Don Ricardo, y al cabo de unos pocos años iba a convertirse en un excelente médico de familia, siendo muy querido por sus convecinos. Logró establecer una modesta consulta en un local muy cercano a la casa de sus padres y de la farmacia, donde tenía los elementos necesarios para trabajar en diagnósticos y curas de poca importancia.

Durante sus largos años de estudio en la facultad de medicina, Ricardo había tenido la oportunidad de leer mucho, no sólo libros de su profesión, sino de historia y literatura. Profundizó en el conocimiento del inglés, ya que muchos textos estaban impresos en ese idioma y leía con soltura muchas novelas y textos literarios, sobre todo de poesía, a la que era adicto.

Fue formando una pequeña biblioteca no sólo de libros técnicos de su carrera, necesarios para estar actualizado, sino libros de arte, de historia, de literatura.

Una noche, leyendo en su dormitorio el libro de poemas “Leaves of grass” del norteamericano Walt Whitman descubrió algo que representaba lo que él deseaba: trabajar solo, sin instituciones. No estaba ni a favor ni en contra de ellas, pero pensaba como este poeta: “Only I will establish, without edifices or rules or trastees or any argument, the institution of the dear love of cofrades” “Solo quiero establecer, sin edificios ni reglas ni directivos ni discusión alguna, la institución del caro amor de camaradas”

Quizás fuese una idea demasiado empírica, pero Ricardo deseaba que su viaje vital fuera así de día y de noche.

Gabriel coincidió un día con él en el bar del señor Emilio. Había ido a saludar a Elisa y de paso comer ese magnífico cocido que elaboraba en su pequeña cocina, famoso en toda la comarca.

- Don Ricardo – dijo Gabriel – tenía muchas ganas de saludarle. Es cierto que nunca recurro a usted, pero es mi buena salud la culpable. Espero siempre contar con su ayuda en caso necesario.

- No te preocupes, Gabriel, tú eres muy joven. Si alguna vez me necesitas siempre estaré aquí para ayudarte.

- ¿Me permite invitarle a comer, Don Ricardo?

- Con mucho gusto, Gabriel. Sé que eres un gran experto en literatura y será interesante que charlemos durante la comida. A veces echo de menos el ambiente universitario.

El señor Emilio les sirvió una excelente sopa y, a continuación, el nunca mejor ponderado cocido de Elisa. Durante la comida, conversaron sobre muchos e interesantes temas, pero sobre todo naturalmente de la profesión médica. Don Ricardo ponía mucho énfasis en la relación personal médico –enfermo. Era consciente de la importancia de los equipos médicos que se estaban formando en esos momentos y de los métodos que utilizaban, pero su opinión personal era que el médico no puede limitarse a la aplicación rigurosa de un método.

- El médico debe ser capaz de decidir la actitud que debe seguir sin dejarse apabullar por la multitud de datos recogidos, que son muchas veces incongruentes y otras incluso contradictorios. Hay ocasiones en las que probablemente lo mejor es no hacer nada.

- Pero si no hace nada, no cura – objetó Gabriel.

- Mira Gabriel, no puede definirse al médico como aquel que cura. Es indudable que existen muchas enfermedades que un médico es incapaz de curar. La misión del médico es el cuidado de los que sufren, hacer un buen diagnóstico y decidir las formas posibles del tratamiento.

- ¿Por qué decidió usted dedicarse a la medicina de familia? ¿Cree usted que el conocimiento personal ayuda al diagnóstico?

- Ciertamente. Hay que saber aproximarse al enfermo siendo consciente de que es un ser humano, temeroso y a la vez esperanzado. Es muy importante que el enfermo perciba en el médico un profundo interés por él, hasta el punto de anteponer muchas veces los intereses del enfermo a los suyos propios. Así se conoce a un verdadero médico.

- ¿La relación personal con el enfermo de un médico de familia, o dicho de otro modo, de un médico de pueblo como usted, puede ser entonces muy beneficiosa, Don Ricardo?

- Sí Gabriel, es importante que el paciente vea garantizada la continuidad y la unidad de la asistencia. Además, los antecedentes personales y familiares pueden ser de importancia decisiva para la interpretación de los datos que se recojan.

Gabriel esta sintiéndose muy a gusto con esta conversación. Fue preguntando y repreguntando a Don Ricardo, que se mostró muy complacido por su interés. Le habló de la importancia de la exploración física del enfermo, del acceso a las altas tecnologías en caso necesario, sin por ello romper la relación biunívoca entre médico y enfermo.

- La exploración física es muy importante. El enfermo cuenta siempre sus sensaciones personales. Esto es siempre una versión subjetiva de sus problemas, muy a tener en cuenta, pero a veces la exploración física logra hallazgos muy importantes. Por poner un fácil ejemplo, en el caso de un abdomen agudo puede detectarse su importancia por la presencia de un vientre en tabla.

Terminaron la comida siendo excelentes amigos y decidieron tomarse de vez en cuando un café en el bar del señor Emilio.

Gabriel le vio partir con cierta pena. Le pareció un hombre con una fuerte personalidad y unos principios muy sólidos. En cierto modo, admiró su decisión de haber elegido ser médico de pueblo y venir solo a luchar con los elementos. Recordó la “Balada del viejo marinero” en la que Samuel Taylor decía:” Solo, solo, completa y absolutamente solo; solo sobre un mar más que infinito” Esa era, para Gabriel, la inmensa y querida tierra del Guadarrama.

Don Ricardo se alejó caminando por la acera de la calle principal. Seguramente iría después a visitar algún enfermo o saludar a algún antiguo paciente.” El viejo marinero, pensó Gabriel, navega por su mar”


La calle principal del pueblo tiene el encanto de la vida participativa, la fusión de comentarios, la diversidad de personalidades que forman un ambiente creativo. Todo el mundo se siente partícipe en la vida de la comunidad, huele al pan recién horneado, se respira el aroma de las flores de los balcones, se oye el revuelo de los pájaros en los árboles y el de las conversaciones quedas de la ancianas que sentadas en sus sillas de anea, van configurando la historia del pueblo. ¡Qué importante es el comercio en los pueblos! Es un hervidero de conocimientos y amistad entre sus habitantes, produce la unión entre mentalidades a veces tan distintas.

Mirando a las personas que transitaban por la calle y el rebullir de las mujeres comprando en las tiendas, recordó aquello que dijo Juan Ramón Jiménez de las nubes y las montañas en su poema “Nada igual”: ¡Qué loco estar en su sitio, qué hondo sentir lo que son, qué alto no necesitar nada igual, nada distinto!

Porque Don Ricardo era muy feliz trabajando como médico en este ambiente. Sin embargo, el problema permanente era el de sus escasos recursos económicos. Estaba obligado a visitar a cada vez más numerosas personas, y aunque el pueblo no era demasiado grande, se veía obligado a utilizar una bicicleta para visitar a determinados enfermos en casas alejadas y en ocasiones a varios kilómetros de distancia y muchas veces regresaba a su casa por la noche y bastante cansado. Nunca dejaba de visitar a sus enfermos, en ocasiones con mayor frecuencia de la necesaria, porque su objetivo era la cercanía con el enfermo y, a pesar del cansancio, no dejaba nunca de cumplir con su ideario.

Caminando por la acera en dirección a su consulta, paró en una pequeña tienda donde se vendían periódicos de la capital y alguna revista. Hojeó las revistas de automóviles y motocicletas. No tenía dinero, evidentemente, para comprarse un coche, pero llevaba tiempo rondando en su cabeza la idea de adquirir una motocicleta. Había días que regresaba muy cansado y le vendría bien alguna máquina útil para su transporte diario.

En una de las revistas leyó un artículo muy interesante sobre un nuevo tipo de bicicleta motorizada que acababa de ser anunciada en Francia. Se trataba de una Mobylette. Compró la revista y esa misma noche leería los detalles de esa máquina.

No tuvo paciencia, sin embargo, para esperar hasta la noche. Al llegar a la consulta, se dedicó a estudiar las características de la máquina. Quedó gratamente impresionado. Era justamente su ideal. Le gustaba el diseño, tenía el aspecto de una bicicleta normal, un poco más pesada, pero tenía suficiente motor para la utilización que él necesitaba. Disponía de horquilla telescópica y embrague automático, un trasportín trasero y un cestillo adosado al manillar. Por las noticias sobre esta máquina, el precio parecía ser asequible y podía comprarse en España sin ningún impedimento. Esa misma noche comentó el tema con la familia y todos le animaron a realizar su proyecto.

El estreno de la Mobylette fue todo un acontecimiento familiar. Era la primera vez que iban a disponer de un medio mecánico de transporte. Como el manejo era muy simple, todos estrenaron con jolgorio la Mobylette y dieron sus paseos. A los pocos días Don Ricardo visitaba a sus enfermos y su figura, montado en la Mobylette, formó parte de la vida habitual del pueblo.


Un día recibió un aviso para visitar a la señora María, que vivía en una casa un poco alejada del pueblo. El modelo de Mobylette que había comprado tenía un trasportín, donde colocó su maletín médico, en el que llevaba ciertos medicamentos y útiles para curas. Se puso la gorra y los guantes y partió hacia la casa de María.

Le encantaba circular por el campo ya motorizado. El ruido del motor era suave y le parecía una música de fondo que le acompañaba, produciéndole una sensación de poder y seguridad. Las cuestas ya no eran cuestas, el paisaje variaba con mayor velocidad que antes y los árboles parecían huir de él alejándose en la distancia. Miró hacia la sierra del Guadarrama, su sierra, su hogar, su vida.

De repente, la Mobylette tropezó con una gran piedra y cayó arrastrándose sobre el suelo hasta chocar contra un chaparro. Don Ricardo sintió un dolor en su brazo izquierdo y quedó como atontado al pie del árbol.

Durante un momento quedó aturdido por el golpe, pero al recuperarse después de unos instantes, valoró la situación. Haciendo una breve exploración descubrió que se le había producido una fractura traumática en el húmero izquierdo. No había sangre, sino dolor. Era por tanto una fractura cerrada. Comenzó a sentir cada vez más dolor. Pudo incorporarse de rodillas ante el trasportín y abrir su maletín. Bendijo mentalmente a los genios que había mejorado el sistema de inyectables. Ya no era necesario utilizar aquellos métodos rústicos de hervir las jeringuillas. Eligió un analgésico inyectable y se lo aplicó después de limpiar con alcohol el brazo.

Haciendo un esfuerzo mental, palpó su brazo izquierdo e intuyendo el tipo de rotura,  alineó los bordes de la fractura, soportando el dolor. Como era conveniente entablillar el brazo, necesitaba algún soporte para hacerlo. Descubrió con alegría que en el cestillo llevaba la revista técnica de la Mobylette, que había enseñado esa mañana a unos amigos. Enrolló la revista alrededor de su brazo y la circundó con unas gomas que extrajo del maletín, gomas que solía utilizar para rodear los brazos si fuera necesario extraer sangre para un posible análisis clínico de urgencia.

Realizadas estas operaciones, quedó exhausto apoyado en el tronco del chaparro. Le dolía todo el cuerpo, pero el dolor era soportable. Un breve descanso y la eficacia del analgésico le hicieron recuperarse antes de lo pensado. Ahora quedaba comprobar si la Mobylette funcionaba, porque si el motor hubiese sufrido daños, no podía pedalear en estos momentos y no tenía fuerzas ahora para mover una bicicleta tan pesada. Afortunadamente el modelo que había comprado era robusto y arrancó inmediatamente. Colocó como pudo el maletín, montó en su máquina y, sosteniendo el manillar con su mano derecha, partió otra vez en dirección a la casa de María. No podía renunciar a pesar de sus dolores a realizar esta visita, porque sabía que María estaba sola en esos momentos y necesitaba su atención médica. Conduciendo con su brazo derecho, despacio y poniendo mucha atención al camino llegó como pudo a la casa de María. Le dolía mucho el brazo izquierdo y en la cabeza comenzó a sentir punzadas de dolor. Después de saludar a María y hacerle una exploración, la recetó unos medicamentes y la tranquilizó, pues no había observado más que un pequeño enfriamiento. María le preguntó la causa de que llevara enrollada en su brazo izquierda la revista, pero la explicó que era un sistema preventivo de un dolor que tenía, sin contarle el accidente sufrido.

Volvió a montar en la Mobylette y regresó lentamente al pueblo, pensando; “Ser médico de pueblo no es una profesión, es un desafío”

Los árboles le recibían ahora lentamente, las nubes contemplaban el paso del jinete valeroso, los rayos del sol le acariciaban la espalda desde el Guadarrama. Recordó sin querer “Fiesta”, aquel poema de Juan Ramón Jiménez: “las cosas están echadas mas, de pronto, se levantan, y, en procesión alumbrada, se entran, cantando, en mi alma”

domingo, 13 de marzo de 2011

El jugador de ajedrez.



Jugadores de ajedrez - Hans Lassen.


El jugador de ajedrez.


Uno de los mejores momentos del día para Gabriel era el que pasaba después de comer tomando un café y una copa de orujo en el bar del señor Emilio. Al sorber la pequeña taza recordaba el sabor de aquellos antiguos granos de café torrefactados que cruzaban la frontera de Portugal, casi en los límites de Alburquerque, en paquetes con el nombre de “El Camello”. Era un sabor fuerte, sabroso, con aroma, que siempre había recordado con cierta añoranza.

El orujo que le servía el señor Emilio era también algo muy especial. Lo fabricaba un amigo de su padre que vivía en una antigua casona de Potes, en Santander, en un viejo alambique, heredado a su vez de su padre. Era una fabricación naturalmente ilegal, pero la sabiduría del propietario del alambique era tal que recurrían a él todos sus amigos. Gabriel era de los pocos afortunados a los que el señor Emilio servía ese licor.

- Este es un licor de ambrosía – decía siempre con una sonrisa misteriosa – bébelo sin cuidado, porque su elaboración ha sido perfecta y no existe ningún miedo a ser envenenado, como ocurre con muchos de los orujos de fabricación propia en estos mundos de Dios.

Gabriel, sentado en su mesa habitual, sorbía lentamente el orujo y se abstraía deleitado por su fuerte sabor, En esa meticulosa operación estaba sumergido cuando oyó una voz juvenil que le despertó de su ensueño.

- Gabriel, amigo, ¡qué ganas tenía de verte!.

El que así hablaba era su amigo Andrés, al que cariñosamente le apodaban “Truman” en recuerdo de las lentes diminutas del que fue presidente norteamericano, que realmente le conferían un aire intelectual. Gabriel se levantó muy contento y le dio un fuerte abrazo.

- Siéntate conmigo y disfruta de este maravilloso orujo, amigo mío ¿Cómo está Ana? ¿Van bien vuestras cosas?

- Muy bien, Gabriel. En estos momentos está visitando a su madre en los Estados Unidos, porque ya sabes que toda mujer embarazada necesita el cariño de su familia.

- Pero bueno, Andrés, esto sí que es una buena noticia. Y tú, qué haces en este pueblo?

Andrés se sentó a su lado y en voz baja le contó el motivo de su venida al pueblo. Había decidido hablar con Gabriel para ver si le podía ayudar en un tema difícil. Su padre tenía un amigo muy mayor que, al haber enviudado y no tener hijos, se encontraba muy solo y desatendido, por lo que sus amigos habían decidido buscarle una residencia en la que pudiera estar bien cuidado. Habían recorrido muchas residencias de personas mayores, pero ninguna les había convencido y habían oído hablar de una muy buena en un pueblo del Guadarrama. Andrés fue el encargado de localizar esa residencia y estudiar la manera de convencer y alojar en ella a este amigo de su padre.

- Por eso recurro a ti, Gabriel, estoy seguro de que conoces esa posible residencia.

- ¿Has venido hasta aquí en ese maravilloso Citroen 2CV que tenéis a medias tú y el Arzobispo de París?- dijo Gabriel – Pues tomemos el orujo y salgamos a buscarla sin más tiempo que perder. Me parece que conozco la residencia de la que te han hablado.

Los dos amigos salieron del pueblo en el coche. El tiempo era bueno pero un poco frío. El otoño del Guadarrama es soleado y el campo se viste de colores distintos que en la primavera. Prevalecen el rojo vivo, los sienas, los ocres, los amarillos, el campo parece que se ha incendiado por alguna tormenta solar
y, aunque se disfruta de una temperatura agradable, se presiente el cercano invierno que se anuncia con alguna breve cuchillada fría en las gargantas. Contemplando el paisaje, permanecían muy callados. El otoño, como dijo Juan Ramón: “en la caída clara de sus hojas, se lleva al infinito el pensamiento”.

Los dos amigos disfrutaron del viaje. Las carreteras comarcales son agradables si se circula a baja velocidad. Puede admirarse el paisaje y charlar amigablemente sin tener que estar demasiado pendientes del tráfico que a esas horas precisamente apenas había. Poco a poco se fueron aproximando a los montes. Hasta el olor del campo había cambiado. El verde de las encinas fue dejando paso a los pinos, la jara a la retama y el aire era más frío, la carretera cada vez más empinada y, pasando unas revueltas, entraron en el pueblo que Gabriel había indicado durante el trayecto.

En un cierto momento, Gabriel le pidió que estacionara el coche.

- Mira, Andrés – dijo - en ese restaurante que se ve desde aquí, en la acera de enfrente, te sirven los mejores huevos fritos con picadillo de toda la región. Si no se nos hace muy tarde, una vez visitada la residencia, te invito a cenar en él.

- Lo haremos – contestó Andrés – pero sólo si nos da tiempo, porque tengo que volver a Madrid esta noche para contar a mi padre si nuestro hallazgo es válido. Ahora vayamos directamente a cumplir nuestro objetivo.

Dieron una vuelta a la manzana y Gabriel le indicó que entraran por una entrada de coches a un patio solado de cemento con varias señales de aparcamiento y varios coches aparcados. Sobre una puerta grande de madera había un letrero que decía “Residencia de Mayores “. Los dos amigos aparcaron el coche y se dirigieron con decisión hacia la puerta. Fueron recibidos por una señora encantadora que se presentó como la directora de la residencia. Les explicó detalladamente los servicios que prestaban y recorrieron todas las instalaciones, quedándose muy bien impresionados por su calidad. Visitaron la enfermería y charlaron con el médico interno que dirigía el servicio. Andrés era realmente muy metódico y hacía las preguntas necesarias para conocer el grado de calidad de la residencia. Tuvieron la oportunidad de charlar amigablemente con algunos de los residentes, encontrando en ellos un buen ambiente. Las habitaciones eran limpias y cuidadas, y la mayoría de los residentes les manifestaron en sus charlas que estaban contentos con la residencia que habían elegido.

Después de conocer las tarifas y condiciones económicas, se despidieron de la directora y salieron a recoger el automóvil.

- Perdona, Andrés – dijo Gabriel - ¿Te has fijado en el parquecillo que hay detrás de esas casas?

Andrés no lo había visto y miró hacia ese parque. La extensión no era muy grande, pero los árboles eran pinos, limpios y bien cuidados, los arriates estaban llenos de flores y, entre los demás árboles destacaba un gigantesco cedro. No hubieran esperado encontrar en un pueblo de montaña un parque medio oculto por las casas y tan bien cuidado. Salieron caminando hacia él y entraron despacio a través de una puerta enrejada semiabierta. Vieron que los setos estaban muy bien podados, los suelos limpios y habían, esparcidas, algunas mesas y sillas de hierro forjado.

Debajo del cedro vieron algo que les pareció asombroso. Había una mesa de hierro sobre la cual estaba construido con baldosines blancos y negros un precioso tablero de ajedrez. Sentado en una silla junto a la mesa había un anciano envuelto en un gabán oscuro, con gorra y guantes, que contemplaba el tablero, repleto de piezas blancas y negras. Aparentemente se trataba de una partida de ajedrez con un único jugador.

Se acercaron lentamente hacia la mesa, tratando de no molestar al anciano y le saludaron cortésmente en voz baja.

- Buenas tardes – les contestó – no se preocupen, pueden hablarme con voz más alta. De hecho me vendrá bien, porque estoy un poco sordo. Es la edad, ¿saben?

- Nos permite observar cómo juega? – preguntó Gabriel – yo soy un buen aficionado al ajedrez.

- Naturalmente. Mire, yo resido en la residencia de mayores, y vengo con frecuencia a jugar en esta mesa. Podría jugar con algún otro residente, pero con ellos me aburro, porque yo soy un gran jugador. Y además se enfadan conmigo por que les gano todas las partidas a ciegas – dijo riéndose – así que aquí, en este tranquilo tablero, juego contra mí mismo, o reproduzco partidas de maestros del ajedrez.

Gabriel le miró con atención. Era un hombre menudo y delgado. Tenía perilla blanca y unos ojos pequeños enmarcados por cejas también blancas. Esos ojos tenían un brillo especial, distinto al esperado en un hombre tan mayor. El gabán parecía sobrarle por todos sitios.

- Me llamo Gabriel, y mi amigo Andrés. Hemos venido a conocer la residencia pensando en un amigo de nuestros padres. Vivimos en un pueblo de la zona. No queremos perturbar su descanso.

- Yo me llamo Manuel ¿perturbar mi descanso? Es una bendición poder charlar con la juventud – contestó riéndose.

Los dos amigos se sentaron en las sillas que rodeaban la mesa y miraron con detalle la partida. Manuel tenía las piezas negras. Comentó que su oponente había iniciado la partida con una apertura inglesa y él había respondido con la clásica defensa francesa. Solía empezar así para recordar sus tiempos de iniciación en este deporte, pero les explicó que lo más interesante era reproducir las buenas partidas de los maestros internacionales, muchas de las cuales conocía de memoria.

- Sobre todo las que jugaron mi ídolo José Raúl Capablanca y su eterno rival Alexander Alekhine. Las recuerdo todas y no se me olvidan porque las reproduzco muy a menudo. El sinvergüenza de Alekhine pudo finalmente quitarle el título de campeón del mundo a Capablanca, pero fue con trampas. Ese fue el motivo de que mi amigo muriera a los cincuenta y tres años, en mil novecientos cuarenta y dos. Fijaos, cincuenta y tres años y yo tengo ochenta y siete. La vida a veces es perversa.

Durante un buen rato estuvo Manuel hablando de sus experiencias con el ajedrez. Su profesión real había sido la de periodista y había viajado por todo el mundo.

- Si juegas al ajedrez te haces amigos en cualquier ciudad que visites – contaba - Nunca tuve problemas de relaciones públicas gracias a eso. Y no creáis que yo me he dejado ganar alguna vez. Nunca. Siempre he creído en que hay que desarrollar nuestras potencias al máximo.

Andrés y Gabriel estaban asombrados. Ya habían olvidado su cena de huevos fritos con picadillo. Estaban en presencia de un hombre con personalidad muy interesante.

- ¿Por qué piensa usted entonces que la vida puede ser perversa, Manuel? – se arriesgó a preguntar Gabriel – la suya me parece muy interesante.

- Porque esta vida es un terrible tablero de ajedrez. Hay días blancos, pero hay días negros. Es muy difícil conquistar a las damas y a veces hay que enrocarse para escapar de los ataques de esos terribles alfiles y peones organizados por la sociedad, que atacan inexorablemente tus defensas y acabas siempre abatido por un jaque mate. Siempre. Nunca hay victorias. Como en el poema de Omar Khayám : “ esta vida no es más que un difuso tablero de complicado ajedrez y ante el tablero el Destino acciona allí con los hombres, como con piezas que mueve a su capricho y sin orden…y uno tras otro al estuche van, de la nada sin nombre”.

Los razonamientos, la memoria y la fuerza mental de Manuel impresionaban.

- Como decía Jorge Luis Borges, amigos - siguió diciendo - las piezas “no saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor adamantino sujeta su albedrío y su jornada”. Nosotros somos piezas que no saben quién es el jugador que nos gobierna y nuestra partida en la vida está fijada por el destino.

- Pero, por encima de nosotros está un ser superior al que nosotros llamamos Dios - intervino Gabriel – en el que podemos confiar, a sabiendas de que, a pesar de cualquier jugada, él nos atenderá al final con su infinito amor.

- Amigo Gabriel, tu juventud y tu inocencia me atraen y me gusta la forma en que te expresas – le dijo con sus ojos un poco enrojecidos - pero a mi edad, y soy un consumado ajedrecista, recuerdo siempre el final del poema de mi estimado poeta Jorge Luis Borges:

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueños y agonías?

La tarde estaba oscureciendo y comenzaba a hacer frío.

- Manuel, tenemos que regresar a nuestro pueblo y con este relente sería aconsejable regresar a casa. ¿Le ayudamos a recoger las piezas?

Aceptando el ofrecimiento, recogieron cuidadosamente entre los tres todas las piezas, encajándolas en sus estuches y fueron a la residencia, donde se despidieron de la directora y abrazaron a su nuevo amigo Manuel. Se había hecho demasiado tarde para la cena prevista y prometieron volver otro día a probar esos excelentes huevos fritos sugeridos por Gabriel.

Durante el regreso, los dos amigos fueron en silencio. Cruzaron un campo grande de álamos temblones y Gabriel recordó aquellos versos de Pablo Neruda: “Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte. Y hasta de mi alma caen hojas”

- ¿No crees, Andrés, que el amigo de tu padre encontrará reposo y tranquilidad en esta residencia?

- Yo creo, Gabriel, que esta vez el Destino sí se ha portado bien con él – respondió mirando distraído la carretera.

martes, 8 de marzo de 2011

Gabriel y la nieve.




Gabriel se despertó ese día con una extraña sensación. Le pareció que había un gran silencio, como si el tiempo se hubiera parado de repente. Sintió una paz enorme, inusitada, que le embargaba totalmente. No se oía al viento rozar los barrotes de su balcón, ni se escuchaba el canto de los pájaros. Ni siquiera se oían los crujidos del alero de su tejado de pizarra, como habitualmente ocurría. Todo era un silencio total.


- Claro- gritó de pronto, alborozado y saltando de la cama. ¡Es la nieve!

 Corrió hacia el balcón y levantó la persiana. Sí, allí estaba efectivamente la nieve, cayendo silenciosamente sobre la tierra, ahogando los ruidos con una capa blanca, implacable. Ese silencio sólo podía deberse a ella. Miró entusiasmado los copos que parecían hojas de un libro de poesías escrito por un poeta olvidado, que caían meciéndose hacia el suelo, silenciosas, ilegibles, blancas.


“Nieva la nieve fuera sobre la nieve” recordó que había escrito Gerardo Diego. Abrió la puerta del balcón y se asomó, feliz. Apenas se distinguía la línea del Guadarrama, lejana, muy lejana, casi oculta por un telón blanco, espeso, opaco. Divisó el paso fugaz de un mirlo entre las ramas de un madroño del jardín, muy rápido, escurridizo, como queriendo huir de los copos que, lentos pero persistentes, cubrían las ramas de los árboles. Seguramente buscaba refugio entre las apretadas hojas del madroño. Seguía cayendo la nieve sobre los árboles y, como escribió una vez Vicente Huidobro; “cae la nieve, cae la nieve sobre las mariposas”.


Gabriel se aseó rápidamente, se vistió, se puso una cazadora, unas botas de suela de caucho, una gorra, guantes y salió de casa con la intención de desayunar en el bar del señor Emilio. Entró en el bar saludando muy contento a los que estaban tomando un café en la barra, diciendo en voz alta:


- ¡Por fin llegó la nieve, amigos!


Soñaba con disfrutar del desayuno que el señor Emilio le solía preparar. Se acomodó en su mesa preferida y puso sobre ella unas hojas de papel blanco, dispuesto a soñar y escribir sus sueños en ellas. Ellas podrían convertirse, quizás en un futuro, en copos blancos anónimos de otro invierno nevado.


Mientras le traían el café y unas maravillosas tostadas de pan con aceite y miel, Gabriel se dedicó a escudriñar a través de la ventana con objeto de precisar algo más el alcance de esa nevada. Tenía el presentimiento de que iba a ser una nevada muy ligera. La temperatura en el campo del Guadarrama había estado calentándose poco a poco en los últimos años y ya no se veían las nevadas de otrora. Sin darse cuenta, su imaginación le llevó a su adolescencia, a una calle del pueblo donde sus padres habían alquilado un apartamento para estar durante el verano aún más cerca de la montaña.


- Gabriel, ¿te vienes con nosotros a la quebrada? – le preguntó a voces su amigo Santos desde la calle.


- No puedo ahora, Santos,- contestó desde su ventana - estoy terminando de leer un libro que me han prestado. Quizás vaya en cuanto lo acabe. ¡Pasarlo bien!


A Santos no le apetecía ir a bañarse al riachuelo de La Barranca, que a esta altura de la temporada, bajaba bordeando la montaña, con bastante nivel de agua. El tiempo era bueno, pero el agua bajaba muy fría y no le gustaba bañarse con esa temperatura. Sobre todo porque no le apetecía hacer el gamberro y bañarse desnudo a sabiendas de que las chicas del pueblo les miraban desde lejos, jugando entre los pinos. Iría un poco más tarde para comer el bocadillo tradicional y celebrar con los chicos del pueblo la llegada del buen tiempo. Cumpliendo con su palabra, una vez terminado el libro, se acercó al grupo de sus amigos, ya secos y felices, para compartir un buen rato de chistes y risas.


A través de los copos de nieve que veía a través del ventanal recordó a ese grupo de maravillosos gamberros, comiendo a dentelladas unos grandes bocadillos de jamón que de vez en cuando traía Mingo, preparados por su hermano mayor Juan, el dueño del bar principal del pueblo, al que llamaban “El pesca”.


 – Hoy invita el tabernero a la juventud, Mingo – decía riendo – ya pagaremos estos bocadillos los mayores, que somos ricos.


Juan era el mayor de los ocho hijos de Mariano, un peón caminero jubilado, que había criado a sus ocho hijos con un minúsculo salario, trabajando en la carretera de sol a sol y dispuesto a ayudar a todo el mundo a pesar de su pobreza.


Juan hablaba siempre muy bien de su padre, contando sus aventuras durante la guerra civil y sus esfuerzos para mantener a su familia y educar a sus hijos. De aspecto bonachón, de cuerpo grande y voz grave, Juan logró salir airoso económicamente gracias al bar que montó en un viejo local del pueblo, con la ayuda de su mujer, que demostró ser una excelente cocinera. Sus platos de judiones de La Granja y los asados tradicionales, atraían a muchos turistas, sobre todo los fines de semana, y el bar siempre estaba lleno de clientes, aunque el local era pequeño y había que sentarse muy juntos, lo que en el fondo creaba un buen ambiente. Además de unos platos bien cocinados, Juan servía un exquisito vino tinto. ¨


- “Vino tinto, señores, y no vino rojo – decía riendo en voz alta – que en esta casa no hay nada rojo”.


Pero si algún cliente ponía mala cara, recitaba enseguida unos versos de Baltasar del Alcázar:


“Comience el vinillo nuevo
y échole la bendición;
yo tengo por tradición
de santiguar lo que bebo”


Juan actuaba realmente como si fuera el segundo padre de sus hermanos. Siempre asumió esa responsabilidad y gracias a él fueron creciendo en convivencia sana y responsable. Gabriel, debido a la diferencia de edad, le tenía un gran respeto y no se atrevía a tutearle como hacían los demás amigos. Le escuchaba atentamente y se mantenía a prudente distancia, no porque le desagradase, sino por considerarle una persona muy seria, lo que le impedía vencer su habitual timidez.


Pero un día como el de hoy, en aquel día nevado y frío del Guadarrama, en que los copos de nieve caían intermitentemente, Gabriel acompañó a su amigo Mingo al cementerio del pueblo para enterrar a su padre. Allí, frente a la sepultura, estaban los ocho hijos. Juan “El pesca”, muy serio, presidía el acto. Una vez los obreros del cementerio taparon la sepultura, los asistentes pasaron en fila a abrazar a los hijos. Juan estrechaba manos, daba fuertes abrazos, besaba a las mujeres, y le llegó el turno a Gabriel.


Gabriel no imaginó nunca lo que iba a pasar. Juan, al verle, le estrechó en sus grandes brazos y lloró desconsoladamente. Se miraron los dos con los ojos enrojecidos, sin decirse nada y a Gabriel le costó mucho dejarle seguir atendiendo los pésames, definitivamente solo en medio de esa trágica escena.


En silencio, mirando los densos copos de nieve que seguían cayendo más allá de la ventana, Gabriel recordó aquellos versos de Francisco Alvarez: “nos preguntaremos quiénes somos, dónde nos conocimos, qué buscamos, y tal vez nos respondan nuestros ojos, ignorantes del miedo a la palabra”


La nieve azotaba ahora fuertemente el ventanal en que Gabriel bebía una taza de café caliente y disfrutaba comiendo el pan tostado con aceite y miel, en un festín de aromas y sabores. Algunos copos descendieron suavemente sobre el cristal, dibujando formas caprichosas que resbalaban hasta el alféizar. Mirando los árboles desnudos de la calle, Gabriel anotó en una hoja: “Las ramas de los árboles lloran lágrimas de nieve porque no tienen pájaros, tienen quizás heridas sin curar que gotean sin causa”.


Desde aquel lejano día del enterramiento y su inolvidable abrazo con Juan, pasaron los rápidos años de la juventud. En uno de sus viajes al pueblo, Gabriel se encontró de nuevo a Mingo. Se había convertido en un hombre alto, fuerte, simpático. Se dieron un abrazo y se contaron algo de su vida. Mingo había logrado convertirse en policía municipal de su ayuntamiento. Se dieron un fuerte abrazo y Mingo, muy emocionado, le besó como si fuera su hermano. ¡Qué sensación tan curiosa, un policía de uniforme besándole con enorme confianza y cariño!


- Estoy de servicio, pero vamos a tomarnos un tinto en “El Pesca” – dijo – Allí está, como siempre mi hermano Juan y le encantará saludarte.


Juan les recibió muy contento y después de abrazarse con fuertes palmadas, se sentaron a tomar unos vinos. Mingo le contó que precisamente estaba deseando verle para invitarle a su boda.


- Me caso con Julia – dijo - ¿te acuerdas?, era una de las chicas que iban a espiarnos mientras nos bañábamos en La Barranca. Me he enamorado de ella y el mes que viene pasaremos por la parroquia. Te esperamos, amigo.


La imagen de los tres amigos sentados en “El Pesca”, se fue difuminando lentamente.


Gabriel pidió por señas al señor Emilio que le trajera otra taza de café. El aroma del café le envolvía. Sentía verdadera necesidad de olerlo y saborearlo. Emilio trajo el café y se sentó a su lado.


- Gabriel, le dijo casi al oído – ¿Qué ves tú a través de esa ventana? Te veo absorto mirando cómo nieva y, de vez en cuando, escribes algunas palabras en una de las hojas.


- Emilio, amigo, esta ventana es como un caleidoscopio mágico, es como una sucesión de historias diversas y cambiantes, que se me aparecen por arte de birlibirloque. Hay ocasiones en que, al ver pasar a una persona caminar por la acera, nace una historia real y otras en que, a través de un misterioso flujo de recuerdos, vienen a mi memoria acontecimientos ya pasados, reviviendo emociones, a veces medio difuminadas por el tiempo, otras con todo el calor y el color que sólo un caleidoscopio puede producir. y procuro escribir algunas ideas fundamentales en mi hoja.


- ¿Y escribes poesías sobre esas historias? – preguntó Emilio.


- Mira, Emilio, no soy todavía capaz de distinguir entre poesía y relato, entre duda y certeza, entre historia y realidad. Para mí la poesía es innata y tan poderosa que todo lo demás queda traspasado por su esencia. Sí puedo decirte que estoy subyugado por ella y recurro a la palabra para transcribir esas emociones que me llegan, esos efluvios misteriosos que intento dejar en estas hojas. Cada momento de cualquier historia ha sido seguramente descubierto por algún poeta, aunque no sea partícipe directo de esa historia, porque los poetas, querido amigo, intuyen y explicitan las emociones, quizás con el deber de iluminar la sensibilidad de los hombres.


La nieve había dejado de caer. Gabriel, reconfortado por el espléndido desayuno, se despidió del señor Emilio y salió a la calle, dispuesto a disfrutar de la nieve.